martes, 27 de mayo de 2014

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA


Antes de nada dar mis condolencias y mi más sentido pésame a la familia de Agustín. No conocía Agustín, soy del Barrio, conozco seguramente a la mitad de la plantilla de Armón, ya sea de vista o personalmente. Trabajé menos de un año en el Astillero Naval Gijón, cuando las subcontratas ya estaban implantadas y reinaban a sus anchas en este Astillero.
Agustín murió en un tanque de un atunero, un tanque de proporciones reducidas. Estaba realizando labores de limpieza y soldadura; saneando poros y puliendo la soldadura. Supongo que perfeccionando la soldadura de su oficial, que en ese momento se encontraba realizando otras labores. Murió de asfixia previsiblemente, aunque la empresa siga manteniendo la misma versión, que murió de un ictus. Esa versión que dió mientras preparaba la escena para una futura visita de la inspección, mientras tomaba las medidas de seguridad oportunas, las que no había tomado antes para evitar la muerte de Agustín.

La única responsabilidad del trabajador es utilizar guantes, gafas de protección, mascarilla y realizar su trabajo lo más rápido posible, y esto último es lo que prevalece sobre lo primero. Teniendo en cuenta que sino eres rápido y te adaptas eres despedido automáticamente. En la cola del paro hay más auxiliares, muchos más, hay más soldadores, caldereros, profesionales del sector dispuestos a sustituirte.
Pero esto ha cambiado en el mismo momento que toda la plantilla se planta y paraliza su trabajo hasta que la empresa tome cartas en el asunto y se siente a negociar.
En el 2008 había dos astilleros, los dos vivitos y coleando, Armón, o Baizán en aquel momento contaba con las mejores medidas de seguridad y con las mejores instalaciones. Era público y se notaba. Naval Gijón antes de cerrar sus instalaciones ya se podía contemplar la decadencia y la precariedad en la que la mayor parte de sus trabajadores se encontraban en sus puestos de trabajo.
Jornadas de 10 o 12 horas de trabajo, turnos de día y de noche, trabajos nocturnos que transgredían las medidas de seguridad estipuladas por ley.

A las subcontratas nunca les importó, a las empresas matrices tampoco. Siempre y cuando el trabajo saliera para delante, que más da 20 accidentes laborales si se puede compensar con beneficios. El trabajador no tenía tiempo para reflexionar, imbuido en una jornada laboral que unicamente le hacía pensar en el salario que iba a cobrar y en la hora de salida. Pero cuando el salario disminuye, las horas se alargan, los accidentes se multiplican, las presiones de los mandos se hacen cada vez más insoportables de digerir. Cuando un compañero tuyo muere a tu lado, sabes que el próximo puedes ser tú. Yo no he encontrado en ningún puesto de trabajo, de todos los que he desempeñado el nivel o la calidad de compañerismo que se vive en un Astillero, la camadería que se respira. La complicidad que se vive y en cualquier momento, tarde o temprano, eso se tenía que materializar de alguna manera.

Corre el rumor, un secreto a voces, de que hay un mando, jefe de buque exactamente que actua de guardián de los intereses de la empresa. Despide a dedo y sin ningún motivo, amedrenta a los que deberían ser sus compañeros. Juega con el miedo y la incertidumbre de los trabajadores, y lo que es peor ejerce de matón de la empresa. Quizás, probablemente, sea uno de los responsables, junto con la empresa, de la muerte de Agustín. Seguramente no tendrá el mínimo sentimiento de culpa, ni mucho menos de duelo, dormirá tranquilo sabiendo que todos los meses le llegará su sueldo manchado de sangre, bien abultadito para que se sienta como dios en la tierra y actué por encima del bien y del mal. Pero los compañeros de Agustín, y muy concretamente su oficial que le ha tocado muy de cerca claman justicia y muestran dignidad. Hoy podíamos oir a la salida del Ayuntamiento como llamaban a la unión y a la defensa de sus puestos de trabajo ante las amenazas de la Empresa, que todavía se permite el lujo de amenazar con despidos.

Nosotros somos los que construimos los barcos, sin nosotros no pueden construirlos. Tenemos que estar unidos y reclamar que hasta que no se garanticen las medidas de seguridad marcadas por ley no volveremos al trabajo. Mañana debemos estar a las puertas del Astillero, todos a una y que sepan que no vamos a permitir que se despida a nadie.

No, no son principios del Siglo XX a la entrada de una mina, es el 2014, principios del Siglo XXI.
En el Astillero se vive una situación más propia de esa época que de esta, pero no solo en el Astillero sino que en muchos más puestos de trabajo. Hoy tener representación sindical o intentar tenerla vuelve a ser un factor determinante para que te pongan de patitas en la calle. Y no es que sea ilegal, es que los contratos y las reformas laborales propician que en nuestros puestos de trabajo haya otra ley mucho más natural, la ley del más fuerte. Lo tomas o lo dejas. Y la empresa y sus jerifaltes se lo toman al pie de la letra y hasta las últimas consecuencias. Solo les importa ganar dinero a toda costa, y las vidas humanas no valen nada para ellos.
Recuperar nuestra dignidad solo debe ser cuestión de tiempo, poder mirarnos a los ojos, levantar nuestras cabezas y ver que a nuestro lado hay un compañero y una compañera al que si le importa tu vida. La adversidad y las injusticias nos unen hasta conformar una masa de gentes a las que será muy dificil parar en un futuro no tan lejano.
Que la muerte de Agustín no sea en balde, que se repare y que se restablezcan las medidas de seguridad oportunas según ley. Y que el coste que tenga que pagar la empresa se materialice en unas condiciones dignas para todas y todos los compañeros de Agustín.
El pueblo, los parados y paradas de esta tierra, el vecindario debe estar al lado de los trabajadores y trabajadoras de Armón. Son nuestra gente, nuestros amigos, nuestras familias. Y mañana, cualquiera de ellos, puede ser el siguiente. Es nuestra sangre la que se derrama a cualquier precio y a cualquier coste, han puesto precio a nuestras cabezas y sus beneficios no deben estar supeditados a nuestras vidas.
Acompañémoslos mañana a las 10:00 a Oviedo, en la Estación de Feve, y antes a las 7:00 de la mañana para que Armón no abra sus puertas hasta que asuman su responsabilidades, tanto la empresa matriz como las subcontratas.



Víctor J. (Vecino del Barrio del Natahoyo)  

martes, 6 de mayo de 2014

Eres como yo



Que lejos me quedas estando tan cerca.
Eres como un collage, una moda efímera.
Algo pasajero.

Una ciudad que te tienen que enseñar
porque a los que la llevamos dentro
ya se nos ha olvidado.

Un simbolo de hormigón.
Un elogio al horizonte sin horizonte.
Una reconversión sin reconversión.

Una probabilidad entre miles.
Una casualidad, un destino incierto.

Que rara es su gente moderna.
Van desaliñados.
Con ropas que ni sus abuelos se hubieran puesto.
Barbas recortadas.
Es como ser Ginsberg pero sin Aullidos.

Es como decir que te gustan las ciudades con andamios
porque es como estar lejos estando cerca.

O como las gruas de los Astilleros
que son como fantasmas occidentales
son parte del imaginario colectivo.
Una obra de arte inacabada.
Una oda a la procrastinación.

Me gustan sus gentes sencillas
los que se quitan los zapatos
y los calcetines para sacudir la arena
entre el bullicio de la playa.

Los que cantan por los barrios
y las que gesticulan al hablar
“Calla bobona, que un culín nun te va facer dañu”

Me gustan las gentes que te miran
hacen como si existieras.

Que gusto tenerte tan cerca
eres como una playa en la neblina.
Como una viuda que pasea
en círculos concéntricos
y nunca va a dar a la mar.

Estás sin estar
eres como un estado de ánimo.
Gozas de la bipolaridad
de una urbe que no llega a urbe
una ciudad inhabitada.

A veces pareces.
Parece que habitas la noche
y duermes el día.

Y así como de repente
una mañana cualquiera
de las que amanecen con sol
vuelve el gentío.
Vuelven las voces
vuelves a ser.

Volver es como quedarse
para volver a marcharse.
Siempre estás de paso.
Exiliado en invierno
y retornado en verano.

Haces como que no estás
y estás sin estar.
Eres como yo
una obra inacabada
una oda a tu procrastinación.


XIXÓN, 2014.